miércoles, 9 de diciembre de 2009

"Ni de unos ni de otros"

Richard Avedon
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“Maldita la hora en que acepté su propuesta...”


Llevamos días cambiando de hotel. Recorriendo las calles por la acera oscura, de noche, con el sombrero clavado hasta los ojos y la bufanda alzada hasta tapar la nariz. Sé que vienen tras mis pasos. Hasta ahora, la suerte nos ha acompañado... hasta ahora. Ellos necesitan saber cuánto sé yo. Pero sobre todo quieren que esa información no llegue a mi bando. Son nombres y datos vitales para la seguridad de nuestros hombres al otro lado de la barricada.

Llevo semanas repitiendo esa lista en mi cabeza para no olvidarla; semanas acercándome cautelosamente al punto de encuentro con los míos. El momento ha llegado, tan sólo unos escasos minutos y unos pocos metros nos separan.
Para entonces, y después de días insistiendo con su teoría de la seguridad, Marleyn me ha convencido de ser ella quien haga la entrega, dado que a ella no la conocen y a mí me buscan todos los hombres de gris.
De mi memoria pasaron a sus labios carmesíes todos los nombres de la lista que repitió sin error alguno.

Llegó el momento en que debía marchar y yo aún no estaba seguro de que sea este el modo menos peligroso. Mientras abotonaba su abrigo me dijo:
“Tranquilo. Sólo es cruzar la calle. Habré vuelto antes que notes mi ausencia” y antecedido por una hermosa sonrisa agregó, “Prepara tus cosas, pronto nos marchamos de aquí.” Me besó y salió.
Con ansiedad me acerqué a la ventana para verla cruzar y entrar en el hotel. Ella iba llegando a la esquina con paso seguro, cuando vi varios hombres apostados en la terraza vecina.
Iba a abrir la ventana para advertirte del peligro cuando sonó la detonación, cuando estalló tu pecho a borbotones.
El llanto ahogó mis gritos “malditos traidores”. Las carreras en el pasillo y en las escaleras me advirtieron de que estaba rodeado; ya no hay salida. Me quitarán la piel centímetro a centímetro hasta que les revele la información que poseo.
Cogí la silla y la coloqué frente a la única puerta de la habitación. Me senté relajadamente, supe en ese instante que tú eras lo más importante en mi vida, mucho más que mis ideales y que todas las absurdas guerras habidas y por haber.
Siento los alientos jadeantes al otro lado de la puerta dispuestos a entrar, y el frío cañón de mi Beretta sobre mi sien.


Compañeros de espionaje:
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6 comentarios:

TORO SALVAJE dijo...

Creo que hará bien.
Buen relato.

Saludos.

Calen dijo...

Rápido, pero no veloz y con mucho sentido de la estética.
Me ha gustado mucho.

R. Alzala dijo...

¡Pum!
Me salpicó la sangre.
Casi quedo sin aliento.
Buen ritmo. Menuda historia te montas en unas líneas.

eva-la-zarzamora dijo...

Tras el suicidio que leí en lo de Luna, este tuyo casi me parece inevitable.
Sí, mejor llevarse la memoria a la ultratumba.

Besos, Ángel.

Sencillo, fresco, directo. Un relato muy tuyo.

María dijo...

Me encantó volver a leerte, me ha encantado este relato, gracias, El Angel, por seguir escribiendo, siempre es un placer leer tus posts.

Un beso, amigo.

zayi dijo...

NO TIENE OPCIONES...QUE DISPARE ANTES DE QUE ENTREN...

EXCELENTE ANGEL!!!
MUY BUENO DE VERDAD!
ME HA GUSTADO Y MUCHO!

BESITOS.